¡Más fe! ¡Menos miedo!


Pronto llegaremos a la otra orilla...


Son muchas las interrogantes que nos surgen a todos durante estos tiempos de crisis que estamos experimentando. Como seres pensantes, dotados de razón, siempre buscamos respuestas ante las situaciones inciertas, como es el caso de nuestro contexto actual, en el que se ve afectada la salud y la vida de miles de personas en el mundo entero; queremos encontrarlas desde la medicina, la economía, la política, la sociología, la psicología; claramente la religión no se escapa a ser interrogada por una humanidad atónita ante el panorama, que ciertamente, entre temores e incertidumbres, angustia y dolor, teorías de conspiraciones políticas o incredulidad ante una circunstancia desconocida por nuestra generación, sueña con despertar una mañana y pensar que todo ha pasado, que solo fue una extraña pesadilla. 


No es la primera, ni la última vez que la humanidad atraviesa un período fuerte de crisis, hay distintas formas de mirar estos tiempos, algunos lo hacen desde la perspectiva del optimismo, otros desde el desánimo apocalíptico, muchos desde la óptica del temor, la angustia, la desesperación, donde no se ve una salida clara, incluso algunos terminan lamentablemente, quitándose la vida, como hemos sido testigos en nuestro país, pero muchos también se atreven a innovar, trabajando los dones y talentos que Dios les ha dado, para convertir la adversidad en oportunidad, y somos muchos los seres humanos quienes nos aferramos a la fe para sobrellevar esta y cualquier otra dificultad que debamos enfrentar, sabemos que no caminamos solos, Él va de nuestro lado. 


Sin embargo, como seres limitados y frágiles, también cuestionamos: ¿Dónde estás Señor? ¿Porque no detienes la pandemia? ¿Porque no intervienes? ¿Porque no escuchas nuestras oraciones?. No nos asustemos ni juzguemos al escuchar estas preguntas en los labios de los demás, o bien, descansar y dejar nuestra vida en sus manos, sabiendo como cristianos, que Él tiene un plan de Salvación, en el que sigue trabajando para que alcancemos un día la plenitud, y este plan claro que se desarrolla en la experiencia cotidiana de vida, en cada ser humano. Es la confianza en su Amor, la que nos llevará a la profunda convicción de fe que expresó San Pablo: 

"Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades, ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro." Romanos 8, 38-39.
Por tanto, como creyentes, afirmamos que no hay Pandemia, ni circunstancia alguna, que nos pueda apartar de su Amor. 


Haciendo lectura de la realidad en clave de fe, es válido entonces preguntarnos:



¿Está Dios trabajando? ¡Claro que lo está!, pero no como quisiéramos o creemos,
Él está trabajando en aquellas situaciones que quizá pasan desapercibidas, o no son sensible

s a nuestra visión tan limitada de los acontecimientos pasados, presentes y futuros. Dios siempre va delante, aunque no conocemos el futuro, tenemos la certeza de que Él está, y actúa. Sobre ello, nos pueden iluminar los discípulos de Jesús, cuando aquella tarde escucharon al maestro predicar sobre el Reino 

de Dios, jamás imaginaban que al finalizar su enseñanza con la indicación: «C

rucemos a la otra orilla del lago»,, traería uno de los episodios que su mente y corazón n

o olvidarían. Estando en el lago, se levantó de pronto una gran tempestad y las olas se estrellaban contra la barca, que se iba 

llenando de agua, otras barcas le acompañaban, pero Él, estaba en la suya. Algunos discípulos conocían los asuntos del mar, eran pescadores, y quizá en otras ocasiones lidiaron con tormentas, por tanto, es fácil imaginar que antes de despertar a Jesús, hicieron humanamente sus esfuerzos por navegar hasta la otra orilla, aún con los vientos contrarios y el fuerte oleaje, hasta que en un momento dado, se ven en la necesidad de implorar su auxilio. En medio de nuestra tormenta, llamada COVID-19, economía difícil, deudas, depresión, soledad: ¡Jesús está presente! aunque pareciera que duerme o calla, ¡Él viene en nuestra barca!, si Él está vivo nada malo puede pasar, si contamos con su amor, ni la tempestad más fuerte, nos podrá hundir. 

Nos corresponde enfrentar esta realidad, pero con la confianza de que no navegamos solos, viene con nosotros aquél que nos dijo tantas veces, con una mirada llena de ternura: ¡No tengas miedo! ¡Ánimo! ¡Ten fe! ¡Aquí estoy! Este es el momento, es el tiempo en el que estamos llamados a recordarnos unos a otros, como humanidad: ¡MÁS FE, MENOS MIEDO!, no como una simple expresión bonita, llena de sentimiento, sino como un llamado muy concreto a vivir la esencia de nuestra fe. Una fe, que al apartar el miedo, el odio, el individualismo, nos deja ver más claramente, la obra misteriosa que Dios viene realizando, en medio del entretejido complejo de la crisis actual, mencionemos queridos amigos, algunos hechos maravillosos que podemos experimentar mientras llegamos a la otra orilla. 


Estamos repensando el valor de la familia, como lo que debería ser: un lugar de protección, de custodia, de seguridad, de relaciones esenciales y primeras. Justamente se presenta esta reflexión en un momento en el que el papel de la familia comenzaba a ser golpeado por vientos contrarios. 


Los cristianos, estamos tomando conciencia de la importancia y la necesidad de la experiencia comunitaria, de nuestros grupos, de caminar como hermanos en la fe, de alimentar nuestra relación con Dios, desde lo personal y haciendo Iglesia, y es tal la necesidad de esta vivencia que nos hemos ingeniado muchos medios, de las formas más creativas, para estar cerca, logrando que el distanciamiento sea físico más que social. Si nuestra participación en la vida litúrgica se había convertido en una acción rutinaria o por compromiso, hemos recuperado el anhelo de celebrar juntos, como familia, la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana. 


Como seres humanos, nos hemos visto en la necesidad de volver a lo sencillo, a lo básico, a lo esencial de la vida, haciendo de lo ordinario algo extraordinario, de no ser así, nuestros días serían una rutina repetitiva sin sentido, una esclavitud que encierra, ahoga, que desespera y mata. 


La emergencia sanitaria ha generado una crisis económica que está golpeando fuertemente muchos sectores productivos y empresariales del país, el aumento del desempleo, trae consigo, la disminución o eliminación total de las entradas monetarias a los hogares, y también aquí brilla la luz. Llena de alegría y esperanza el corazón, el contemplar cómo las comunidades, los grupos, las personas, se unen por causas de ayuda humanitaria, la solidaridad resuena en cada lugar donde brote una necesidad. Que bueno es ver a los discípulos haciendo cada uno su parte en esta misión de llegar a la otra orilla. 


Las crisis han sacado lo mejor y lo peor de los seres humanos, pero todos sabemos, que en la mayoría de los casos, han florecido los más nobles valores humanos, y los más hermosos gestos de amor, expresado en mil maneras distintas.  


En fin queridos amigos y amigas, todos extrañamos el abrazo y los gestos de cariño de los seres que amamos, y que quizá no vemos desde hace meses; tanta falta nos hace, la compañía de aquellos a quienes llamamos amigos, hermanos y hermanas del alma, con quienes hemos compartido tantos momentos especiales de risas y lágrimas; añoramos con sincera nostalgia, el compartir con la familia de la Iglesia, grupos en los que servimos y con quienes vivimos y celebramos la fe. 


Con todos estos sentimientos en el corazón, Jesús nos ha invitado a subir a la barca y enfrentar la tempestad, pero antes nos ha preparado para el viaje, hablándonos al corazón, y nos ha pedido de todas las formas posibles: ¡Más fe, menos miedo!, que pronto llegaremos a la otra orilla. 


¡Gracias por tomarte el tiempo, para leer el blog! 


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